Une la amistad consigo mismo que cultivó Séneca, la bondad amorosa budista que también se dirige hacia uno, y la aceptación de la propia imperfección presente en Montaigne.
Una práctica de amor propio para hablarte con amabilidad
Al despertar, di una frase amable antes de mirar el teléfono.
Siéntate en el borde de la cama o quédate un momento bajo las sábanas. Dite una frase breve y creíble, como: «Hoy puedo tratarme con paciencia». Elige palabras que usarías con un amigo que tiene un día difícil. No hace falta que te parezcan profundas, solo que puedas pronunciarlas sin sentir que te estás engañando.
Pon una mano sobre el pecho y respira cinco veces despacio.
Hazlo después de la frase, durante menos de un minuto. Nota el contacto de la mano, la entrada del aire y la salida. Es una forma sencilla de volver al cuerpo cuando la mente ya ha empezado a enumerar pendientes, defectos o temores. Si te incomoda el gesto, apoya la mano en la mesa o en el muslo.
Cuando te critiques, escribe la frase exacta que te has dicho.
Hazlo en una nota del móvil o en un papel, especialmente tras un fallo, una comparación o una conversación incómoda. Escribe las palabras tal como han aparecido, sin corregirlas. Ver la frase fuera de tu cabeza crea una pequeña distancia y permite reconocer su tono. Tal vez sea una frase que jamás dirigirías a una persona a la que aprecias.
Responde a esa crítica como responderías a un amigo.
Escribe dos o tres líneas claras. Reconoce lo ocurrido y evita convertir un hecho concreto en un juicio total sobre tu persona. Por ejemplo, puedes admitir que llegaste tarde, que olvidaste algo o que hablaste con brusquedad, y después decidir cuál es el siguiente gesto responsable. La amabilidad incluye hacerse cargo de lo que toca.
Revisa un error durante dos minutos, sin buscar una condena.
Reserva este paso para la tarde, cuando tengas algo de calma. Pregúntate qué pasó, qué parte dependía de ti y qué harías de otro modo la próxima vez. Detente al terminar los dos minutos. Montaigne se observaba como una persona cambiante e imperfecta, una mirada útil cuando tu mente exige una versión impecable de ti.
Antes de dormir, anota una cosa que hiciste bien.
Puede ser algo modesto: respondiste con sinceridad, descansaste cuando lo necesitabas, terminaste una tarea o pediste disculpas. Describe el hecho, no una etiqueta sobre quién eres. Lleva una libreta junto a la cama para que el gesto sea fácil. Si el día fue duro, cuenta también el esfuerzo de haberlo atravesado con la mayor dignidad que pudiste.